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Joey Hooker

Joey Hooker siempre ha sido líder.

Es una cualidad que aprendió de su padre, un infante de marina que batalló en "Frozen Chosin" en Corea, y que puso en práctica como extremo defensivo estelar en el equipo de fútbol de su escuela secundaria en Shreveport, Luisiana. Más tarde se destacó como líder en Iraq, donde era conocido como "Sergeant Rock" por su modo firme pero afectuoso. Sin embargo, cuando una lesión en la espalda interrumpió su carrera militar, la etapa de liderazgo en la vida de Joey parecía haber terminado.

"Definitivamente me sentía solo", dice Joey. "Todavía sentía el deseo de servir y liderar, pero no tenía lugar donde desarrollarlo".

El servicio militar había sido la identidad de Joey desde sus días de fútbol en Woodlawn High School, la misma escuela que vio nacer a los futuros mariscales de campo de la NFL, Terry Bradshaw y Joe Ferguson. No obstante, con 5-pies-8, 180 libras, el fútbol universitario no era parte de su futuro.

"El sueño de ser una estrella llegó a su fin abruptamente después de la escuela secundaria", dijo Joey. "Me dediqué a consumir drogas y comencé a venderlas. Finalmente me enlisté en el servicio militar para alejarme de las personas con las que me rodeaba".

El Ejército le dio a Joey la disciplina que le faltaba y se aferró a cada oportunidad de liderazgo que se presentó en su camino. Ya era sargento en el momento en que comenzaron a entrenar para el despliegue en Iraq en abril de 2003. A pesar del servicio limitado que los soldados habían prestado en la Guardia Nacional, Joey quería asegurarse de que estuvieran tan preparados como los soldados en servicio activo.

"Los chicos me llamaban 'Sgt. Rock' porque podía ser muy duro con ellos", cuenta Joey. "Había que ponerse a trabajar y entrenar de forma correcta. Nada de perder el tiempo. No quería ir a la guerra con chicos que no supieran qué hacer".

El trabajo duro dio sus frutos cuando todos los integrantes de la unidad de Joey regresaron a casa, aunque algunos heridos. Un día, luego de haber transcurrido cuatro meses de despliegue, Joey estaba parado encima de un camión diésel cuando escuchó una explosión e instintivamente saltó al suelo. La caída lesionó su espalda y cuello de gravedad, pero Joey soportó el dolor por otros cuatro meses.

"Muchos soldados tienen un gran ego", dijo Joey. "Cuando estás herido, todos piensan que estás débil. Hay que superar eso".

Joey perdió cuatro vuelos de regreso a casa para asegurarse de que los 17 hombres a su cargo estuvieran a salvo. Finalmente, lo obligaron a subirse al avión y regresó a su casa para Acción de Gracias de 2003. Pero sus pruebas apenas comenzaban. No solo debía recuperarse físicamente, sino que Joey debía sanar emocionalmente lo que había experimentado durante la guerra.

En Iraq, en una oportunidad tuvo que saltar a una zanja para evitar el fuego y se encontró cara a cara con un civil iraquí muerto. En el vuelo de regreso a casa, Joey le sostuvo la mano a un soldado de 19 años con un trozo de metralla en su cuello. Durante todo el vuelo, no dejó de preguntarse: "¿Por qué a mí?" Murió antes de aterrizar.

"Todavía sueño con estas experiencias", dice Joey. "Esas fueron las peores cosas que tuve que superar".

Cuando Joey se retiró del Ejército en octubre de 2008, volvió a casa con su esposa Paige y su hijo Seth, ahora defensa en el equipo de fútbol de la escuela secundaria, tras los pasos de su papá. Pudo desempeñar el rol de liderazgo que tanto extrañaba en Wounded Warrior Project, donde conoció el programa de mentor de pares. En la actualidad, dedica sus vacaciones a ser mentor de otros soldados, actitud que sorprende a algunos de sus amigos civiles. Para Joey, sin embargo, es algo totalmente natural.

"Wounded Warrior Project me devolvió el sentido de hermandad. Realmente aprecio eso", dice Joey.

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