SOBRE LOS AUTORES: Mariannette Miller-Meeks, republicana, representa el 1.° distrito congresional de Iowa en la Cámara de Representantes de EE. UU. Jen Silva es la directora de programas de Wounded Warrior Project.
"Empecé a caer en una depresión, creyendo que yo era una carga y que el sentido en torno al que había construido mi vida —servicio, responsabilidad y utilidad— se había perdido".
Con esas palabras, el veterano del Cuerpo de Marines Buster Miscusi describió una realidad demasiado familiar para muchos veteranos. A pesar de los diagnósticos, los medicamentos y las consultas médicas, su vida se desmoronaba bajo el peso de fuertes dolores de cabeza, deterioro cognitivo, inestabilidad emocional y una mente que ya no funcionaba como antes de su lesión durante el servicio militar. Su historia resonó profundamente cuando testificó ante el subcomité de Salud del Comité de Asuntos de Veteranos de la Cámara de Representantes en marzo, poniendo de manifiesto las lesiones cerebrales ocultas como resultado de su servicio que transformaron su vida.
Buster no está solo. Su experiencia refleja la idea cada vez más aceptada de que las definiciones tradicionales de lesión cerebral no han seguido el ritmo de las exigencias y exposiciones del servicio militar moderno. Durante décadas, la lesión cerebral traumática (LCT) significaba solo una cosa: una explosión severa que provocaba pérdida de conocimiento y dejaba signos de lesión evidentes y visibles. Igualmente críticas, y completamente invisibles en ese momento, eran las lesiones invisibles causadas por la presión de explosiones de baja intensidad. Esto es exactamente lo que describió Buster mientras relataba su experiencia en el ejército. Nunca había perdido el conocimiento por una explosión ni imaginó que podría sufrir una LCT.
Lo que experimentó fue algo mucho más común y mucho menos comprendido: años de exposición repetida a la sobrepresión de las explosiones. Miles de disparos de mortero. Incontables detonaciones. Explosiones de baja intensidad que en su momento se consideraban rutinarias e inofensivas. Los dolores de cabeza se desestimaban. La confusión se minimizaba. A menudo, los síntomas se atribuían al estrés o a la cultura más que a una lesión.
Hoy en día, la ciencia emergente está validando lo que veteranos como Buster llevan tiempo describiendo. Las lesiones cerebrales no siempre son el resultado de un solo hecho. La exposición repetida a explosiones de bajo nivel puede alterar de forma acumulativa la función cerebral, y generar efectos cognitivos, emocionales y neurológicos duraderos. Sin embargo, a pesar de la creciente evidencia, la investigación no se ha traducido completamente en las respuestas, los diagnósticos y los tratamientos que los veteranos necesitan con urgencia.
Los profesionales están haciendo todo lo posible dentro de los límites de la ciencia actual, pero aún existe una brecha entre las experiencias vividas de los veteranos y la certeza médica necesaria para diagnosticar y tratar eficazmente estas lesiones invisibles.
Esa brecha quedó de manifiesto durante la reciente audiencia del Subcomité de Salud, cuando los veteranos hablaron abiertamente sobre años de diagnósticos erróneos, frustración y deterioro antes de recibir finalmente la atención adecuada. Su testimonio fue claro: la investigación, las políticas y las prácticas deben evolucionar para reflejar las consecuencias del servicio militar moderno y de la guerra moderna.
De manera similar, a medida que los veteranos comenzaron a experimentar trastorno de estrés postraumático, las heridas invisibles del ejército fueron desestimadas o malinterpretadas, porque la ciencia aún no había alcanzado a comprender las experiencias vividas por quienes sirvieron. Solo después de escuchar a los veteranos, la nación, y el Departamento de Asuntos de Veteranos, empezaron a reconocer el TEPT como una afección legítima y diagnosticable que requería investigación y tratamiento y que podía curarse, o al menos mitigarse, para que los veteranos pudieran vivir cómodamente después de su servicio militar.
Los efectos de la LCT merecen la misma atención de un VA moderno. Ya están apareciendo pruebas de que las lesiones causadas por la exposición repetida a explosiones de bajo nivel tienen consecuencias reales y duraderas en la salud general de los veteranos.
En coordinación con el Departamento de Guerra (y el VA), los miembros del ejército de hoy tienen acceso a una mejor prevención y seguimiento de la exposición como resultado de su servicio militar. Sin embargo, para los miles de veteranos posteriores al 9/11 que ya viven con los efectos de la exposición repetida a explosiones, debemos seguir generando conciencia sobre este tema y asegurarnos de que el VA y el Departamento de Salud dispongan de las herramientas adecuadas para seguir investigando, monitoreando y tratando de forma eficaz las lesiones cerebrales.
La ley Precision Brain Health Research Act se basa en ese progreso. Con nuestro respaldo, este proyecto de ley ordenaría al VA, en colaboración con las Academias Nacionales, a seguir estudiando cómo la exposición repetitiva a explosiones de bajo nivel afecta a la función cerebral de los veteranos. Su objetivo es profundizar en la comprensión de la exposición a explosiones, mejorar el diagnóstico para los pacientes y equipar mejor a los médicos para atender a los veteranos de hoy y de mañana, como Buster, que vivirán con estas lesiones.
Gracias al acceso a programas como Operation Mend de UCLA y Warrior Care Network de Wounded Warrior Project, y al apoyo del VA, Buster Miscusi y miles de otros veteranos que viven con lesiones cerebrales pueden recibir la atención que reconoce la realidad de su lesión cerebral. Los síntomas de Buster no desaparecieron, pero comenzaron a entenderse. Al desarrollar un plan de tratamiento integral que funcionara para Buster y su familia, su lesión por el servicio militar fue mejor comprendida y tratada como una herida de la que es posible recuperarse, no como una sentencia de muerte.
Ese cuidado, atención y comprensión le devolvieron la vida a Buster. Debemos seguir desarrollando programas como estos, tanto dentro como fuera del VA, para que veteranos como Buster puedan acceder a la atención que necesitan para vivir sus vidas al máximo.
La guerra moderna ha cambiado, y los recursos de los que dependen los miembros del ejército y los veteranos, tanto durante su servicio militar como después de dejar el uniforme, deben evolucionar a la par. La salud cerebral no es un problema que afecte solo a una minoría; afecta a la preparación, la salud a largo plazo, la estabilidad familiar y el futuro de quienes han servido.
Las heridas pueden ser invisibles, pero la responsabilidad de atenderlas no lo es.
Los veteranos de Estados Unidos sirvieron sin dudarlo. Nuestra nación tiene la obligación de garantizar que la ciencia, la atención y las políticas respondan a las necesidades reales de los veteranos, para que ninguno de ellos tenga que enfrentar en soledad una lesión derivada de su servicio que tenemos la capacidad de comprender.